Rosa Cruchaga de Walker

De los tres Premios Nobeles no sé si en algo habrá sido influenciada mi poesía. De Gabriela Mistral, no hay duda.  Ya que, a raíz de mi primer libro ("Descendimiento"), el que fuese entonces mi maestro sugirió no leerla "hasta muchos años más". De influencias de los otros dos, Neruda y Aleixandre, creo que no hay vestigios en lo que he escrito. Y de haberlos habido, no habría podido yo aceptar el consejo maestro de no leer esos autores "hasta muchos años más".

Por el año 1962 volvieron de su embajada en Centroamérica Raquel Tapia y Juan Guzmán Cruchaga y se establecieron en Santiago, alentándome ya por una vida con invariable cariño. Tenía él una valoración sobrenatural de la amistad. En su poema de despedida a unos amigos suyos (que se halló en su velador), habla de esperarlos "al otro lado del mar". El mar para el era símbolo de todo lo insuperable en belleza, talento y bondades. Siempre vivió cerca del mar. Y a su manera fue fiel a Dios. Guzmán Cruchaga tenía sus propias normas estéticas y era generoso en comunicarlas y compartirlas. Me aconsejaba que no apuntase a caza mayor, a los temas ambiciosos, que suelen quedar grandes a poetas de talla normal. Me decía: "Sí en poesía usted hace puntería a asuntos enormes como la muerte, o la divinidad, o la felicidad, es como apuntarle a un león. Y probablemente usted acabará devorada .. . Pero, si en cambio, usted le canta a cosas sencillas cotidianas, éstas son como pajarillos, que a uno lo encumbran, cuando ellos emprenden el vuelo por sí mismos". Cuando tiempo después fui a visitarlos a Viña, estaba su silla mecedora, sola, frente al mar.

Para él escribí este poema:

A LA MUERTE DE UN POETA
Tu mecedora tal vez
indecisa quedará,
entre la arena por mil
y la resaca por más.
Haciéndole NO al morir
el vaivén continuará.

Va a alzar su tapa tu piano
si el cielo lo toca.
Y si sale nota de Sol,
cesará el trémulo en Mi.
Si acaso se inclina Dios,
a tu caja de violín:
Aunque tu silla haga No,
daré por sentado el Si.

Cuando retruene el timbal
que al mal tiempo pondrá fin,
el oleaje sonreirá
como un canoso perfil.

Por fin veremos el mar
que nos saldrá a recibir.
Aunque tu silla sin ti:
siga jadeando un jamás.

Con mis parientes Cruchaga que han muerto, y los que quedan, tuve fuertes afinidades sicológicas. Con todos ellos hubo en común una candidez mezclada con picardía, un desprecio por las cosas materiales, una falta de sentido práctico, una imaginación desmesurada y una fe cierta en lo invisible.

Al poeta Angel Cruchaga Santa María lo conocí ya muerto, en sus funerales en la Casa de la Cultura de Ñunoa. Al abrazar a la que supuse fue su esposa, debí aceptar una justificada queja. "Qué tarde llega, Angel deseaba haber conversado con Ud." No sé si ella creyó mi respuesta. No recuerdo mis palabras, pero eran de elogio a esa poesía última de Angel. La que él escribió estando ciego para las formas y colores de esta vida, pero expresándose, con una lucidez ansiosa respecto al Absoluto. En realidad Cruchaga Santa María en sus finales retomó los temas estético-religiosos de sus primeras obras para alcanzar un entrañable misticismo, logrado a través de la ceguera física. Su inspiración primera —de un teísmo meramente piadoso— fue suplantado temporalmente por una poética chinesca, con presumible filiación marxista, luego afloró la primera inspiración, enriquecida con una mística existencial, ciega al tiempo e intemporal mente contemplativa.

Miguel Cruchaga Ossa, (sobrino de su homónimo Cruchaga Tocornal), en un tiempo de admiración por el Führer, escribió un grueso volumen titulado "El Tercer Reich". Hasta Hamburgo, donde él era cónsul, Hitler le escribió poco después, invitándolo a Berlín: para condecorarlo y premiarlo con una interesante cantidad de marcos. Pero las cosas habían cambiado. El tío Miguelito respondió que "se desdecía de lo afirmado en el libro". Que la causa de la libertad era ahora suya y que se esforzaría por recoger toda la edición para destrozarla. Como resultado de este episodio, una llamada de Berlín a Santiago valió para destituir al joven cónsul de Chile. Pero el mantuvo de ahí en adelante, su fidelidad a la democracia. Esta se le corroboró al casarse con Lucha Belaúnde Terry (que era catedrática de Leyes en la Universidad de Florida) y ahora hermana del Presidente del Perú.

         
Home > Autobiografía 01 > 02 > 03 > 04