Rosa Cruchaga de Walker

Gabriel se mira los pies al andar, pero se los mira con fascinación; como si descubriera cosas nuevas a cada tranco. Ayer, lo vi pasar por la orilla del estanque. no sé si se veía feo cerca de esas detestables aguas. Por el contrario; su temblorcito de cabeza y su sonrisa abochornada que enseñaba la lengua, me parecían las de un duende que sabía muchas más cosas que yo.  Le quedé agradecida  que me diera esa imagen  traviesa de su desgracia.

¡ Qué no me quiten a Gabriel !. Me simplifica el hecho de mirar, me descansa del fustigazo de los hábiles y los cuerdos.

Anoche me dormí muy tarde Andrés. Me puse a arreglar los cajones de mi cómoda, y di con la bufanda listada de negro y amarillo. Me hizo daño verla. Fue una torpeza haberla traído; debimos haberla echada al mar  o enterrarla en la arena. Hubiera sido como si te llamara y te acercaras, y habría tenido que rechazarte de nuevo. Tenías los ojos cerrados; respirabas con angustia, como los campeones que se derrumban en el tramo penúltimo de la carrera. Los que llegan, no; ésos caen sonriendo, enteros como una piedra; aferrados a la tierra conseguida. Te hablé algo  lo más bajo que pude, y no me oiste; de haberte hablado más fuerte menos hubieras oído.

Supe ayer que había nacido un ternero pequeñísimo, y fui a verlo. En el centro de un potrero verdeclaro, casi dorado, estaba de pie una triste bestia. Andaba y desandaba de dos  o  tres trancos, siempre el mismo trecho, como si no supiera dónde  avanzar. A su alrededor brincaba la criatura como si fuera por el más seguro de los caminos. Gozosa y agradecida se restregaba en la madre. Pero ella lo lamía con un gesto cuidadoso como un algodón en la herida. Era extraño pensar que sin raciocinio, sin tener temores por el mañana, instantáneamente pudiera tener esa tristeza en la mirada. Había un cansancio en sus pupilas, que trascendía como un hilo de luz el hijo. Yo, en cambio no sé qué trasmitirle al mío, pero me parece que él va a venir a mí, que viví sentada en esta piragua, a tomarme de la mano y decirme:" Madre, vamos. Por aquí es ....". Entonces caminaré. Aunque sea a través de un camino  pesaroso por delante,  moveré las piernas con ternura, porque voy por un camino que es el mío; porque no podría ser otro. ¿Has visto  de cerca las acequias, Andrés?. Me refiero a esos tablones mínimos, a esos pedazos de astillas que van enredados en el agua. A veces corren de a dos o  de a tres, tal vez desgarrados en mismo corte de un mismo árbol. Van lentamente; de pronto uno se enreda en una maleza  de la orilla para esperar al otro y toparse las cabezas. Luego siguen en silencio. Cuando una piedra atraviesa al más débil, el otro frena sobre él para  formar la cruz más liviana que es imaginable. Se retuercen y se ajustan, sin dejar el agua, sin dejar el aire: pero flotando sólo en el gozo de si mismos.

V

Paula se levantó rendida. Un obstáculo interior le trababa las piernas; era como una gruesa estaca asentada en su cuerpo e impelida a la tierra por golpes de mazo. Se abrazó el vientre, y caminó a la casa.

La sala grande estaba ordenada; los restos de género ya no estaban en el suelo, y en lugar de ellos había una débil laguna blanca sobre el piso, reflejo del sol que ya se iba. Los pañales terminados formaban una torre inmaculada sobre la mesa oscura del rincón. La madre descansaba con los ojos cerrados sobre la silla de balanza, columpiándose apenas.

-Volviste.

Paula se detuvo y miró a su madre; la penetraba.

- Usted está pálida. ¿ Ha pasado algo?.

- Si, pero no te asustes. Se trata del hijo de la cocinera.

-¿Qué pasa?. Dígame: ¿Lo despidieron?

- Lo acaban de encontrar ahogado en el estanque. Los hombres que lo sacaron dicen que tú estabas a cien metros de allí en tu eterna piragua. ¿No lo viste? - La madre la miraba con el ceño fruncido.

- No, no sé.  ¿En qué momento? Paula estaba inmóvil, agazapada en si misma" (¿Estaba yo allí, Andrés?).

-Fue hace poco: estabas allí, y no lo viste - insistió la anciana.

Paula no respondió y se dirigió a su dormitorio, llevándose los brazos al vientre. Otra vez la estaca la embestía; sintió que deslizaba de si misma como cuando se estira un vaso plegable. Se detuvo y apretó los dientes mordiéndose los labios. Luego levantó la cabeza, apuró el paso, y abrió el segundo cajón de la cómoda. Y comenzó a sacar afanosamente los baberos, las fajas, las mantillas...

 

Diario El Sur, Concepción 2 de diciembre de 1962.

         
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